Seis días
Hormonas, memoria y una pregunta detenida en el aire
Me mudé a Buenos Aires en 2012, unas cuadras más allá de donde, por décadas, una fábrica había producido hormonas para anticonceptivos femeninos. Ese mismo año, la planta cerró. Schering trasladó su producción a Alemania, dejando atrás un edificio inmenso, en pausa: quieto y vacío. En el barrio se decía que todo estaba contaminado. Que acercarse era exponerse. Que entrar era una locura. Técnicamente, eliminar por completo los restos de sustancias sintéticas era casi imposible. Se hablaba de compuestos que se adherían a las paredes, al polvo, al aire mismo. Hormonas rezagadas, residuos invisibles, memoria suspendida.
Durante años, como tantas otras mujeres, tomé esas mismas hormonas. Las ingerí casi sin pensarlo. Porque es lo que se espera de nosotras: que carguemos con el control. Que, aunque seamos fértiles apenas seis días al mes, seamos responsables de la natalidad los 365 días del año.
Cierta tarde, salí con mi cámara. Cubrí el lente con una película delgada de gel y entré, buscando atrapar lo inasible. Mi cuerpo conocía esas sustancias. Cruzar ese umbral no era solo un riesgo físico, era también un gesto íntimo, una confrontación con algo que habitó en mí, en nosotras, y que aún flotaba en ese ambiente suspendido.
























